Como decía Darío en sus Prosas profanas: "Detesto la vida y el tiempo en que me tocó nacer".
¡Pero, ay, pobres de nosotros! Nada más mórbido para el poeta que esta comarca. En esta casa, al pálpito de la lectura, se enciende la pupila de la rata vulnerada. Y en otra recámara, yacen otros, en el sueño de Endimión, hipócritas lectores que desprecian el lenguaje -¡tu nombre es legión!-, y nutren de torpores la medianía de su espíritu. Luego, en los confines del granero, los escritores, como cerdos retozantes en su abyección, sólo gozan en el cálido baño de sus abortos. Es este nuestro hogar.
He conocido, por mucho tiempo ya, el solapado hedor neovictoriano de este terruño. Cuando regalé, con candor adolescente, una edición de Las flores del mal a aquel querido amigo del pasado y querido enemigo del presente no habría adivinado, años más tarde, que mi precioso regalo había sido consumido por las llamas que encendiera la repulsiva moralina de su alma débil y cobarde. Es este nuestro hogar. En su reciente visita, el poeta Claudio Pozzani nos decía que actualmente nadie se atrevería a publicar, por primera vez, Los cantos de Maldoror y puedo afirmar, con certeza, que ninguna de las excelentes editoriales de este país tendría otra opinión.
Quizás algún día resuene en nuestras filas literarias, como trompeta victoriosa, el trino del diablo; pero, mientras tanto, para las almas que se purifican en la retórica de Satán, he aquí el prefacio del autor de Las flores del mal a su obra:
"Este libro no ha sido escrito para mis mujeres, mis hijas o mis hermanas, las hijas o las hermanas de mi vecino. Dejo esta tarea a los que se muestran interesados en confundir las buenas acciones con el lenguaje bello.
Sé que el amante apasionado del bello estilo se expone al odio de las multitudes; mas ningún respeto humano, ningún falso pudor, ninguna coalición, ningún sufragio universal, podrán obligarme a hablar la jerga incomprensible de este siglo, ni a confundir la tinta con la virtud.
Ilustres poetas, hace tiempo que se repartieron las provincias más florecientes del terreno poético. Me ha complacido, y tanto más cuanto la tarea presentaba crecientes dificultades, extraer la belleza del mal. Este libro, esencialmente inútil y absolutamente inocente, no tiene otro fin que divertirme y estimular mi gusto apasionado por la dificultad.
Algunos han apuntado que estas poesías podrían dañar; no he sentido alegría por ello. Otros, almas buenas, que podían hacer bien; no me he afligido. El temor de unos y la esperanza de otros me resultan extraños y no han servido más que para probarme, una vez más, que este siglo había olvidado todas las nociones clásicas concernientes a la literatura.
Pese a los auxilios que determinados pedantes célebres han aportado a la natural estupidez del hombre, nunca hubiera sospechado que nuestra patria pudiera caminar a tal velocidad por la vía del progreso. Este mundo ha adquirido tal espesor de vulgaridad, que imprime al desprecio por el hombre espiritual la violencia de una pasión. Pero existen felices caparazones en los cuales el veneno no podrá jamás abrirse paso.
En un principio, acaricié la idea de contestar a las numerosas críticas, y explicar al mismo tiempo algunas cuestiones muy simples, totalmente oscurecidas por las modernas luces: ¿Qué es la poesía? ¿Cuál es su objeto? De la distinción del Bien y lo Bello; de la belleza en el Mal; que el ritmo y la rima obedecen en el hombre a imperecedoras necesidades de monotonía, de simetría, de sorpresa; de la adaptación del estilo al asunto; de la vanidad y el peligro de la inspiración, etc., etc.; sin embargo, cometí la imprudencia de leer esta mañana algunos papeles públicos; repentinamente, una lasitud como el peso de veinte atmósferas se abatió sobre mí, y me he visto paralizado ante la espantosa inutilidad de explicar cualquier cosa a quien fuese. Quienes saben, me pueden adivinar, y para los que no quieren o no pueden comprenderme, amontonaría en vano las explicaciones."
C. B.







